Un nuevo estudio revela que el espacio para almacenar el gas contaminante es mucho menor de lo que se creía

Un reciente estudio de la Universidad de Princeton ha puesto en tela de juicio la viabilidad de la captura y almacenamiento de carbono (CAC) como estrategia principal para combatir el calentamiento global. Publicado en la revista Joule, el informe presenta una evaluación detallada de las formaciones geológicas terrestres, concluyendo que la capacidad global para almacenar CO2 bajo tierra es considerablemente menor a lo que se había proyectado en modelos anteriores. Este hallazgo reconfigura el papel que la tecnología de CAC podría desempeñar en la transición energética.
La metodología del estudio se diferencia de trabajos previos al integrar un análisis geofísico más riguroso. Los investigadores evaluaron la distribución y las propiedades de los depósitos rocosos porosos, como los acuíferos salinos profundos y los yacimientos de petróleo y gas agotados, que son los principales candidatos para el almacenamiento. Sus conclusiones sugieren que no todas las formaciones que a priori parecen aptas cumplen con los requisitos de seguridad y capacidad a largo plazo.
El análisis subraya una discrepancia significativa entre la oferta teórica y la capacidad real. Los modelos optimistas se basaban en la premisa de que grandes volúmenes de CO2 podrían ser inyectados en estas formaciones sin considerar las limitaciones de permeabilidad, los riesgos de fractura hidráulica o la falta de capas de sellado efectivas. El nuevo estudio, al considerar estos factores, reduce drásticamente las estimaciones de almacenamiento viable.
¿Cuáles son las repercuciones?
Las implicaciones de este descubrimiento son profundas para las políticas climáticas. La hoja de ruta del Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático (IPCC) ha incluido la CAC como una de las tecnologías clave para limitar el aumento de la temperatura global a 1.5 °C. Si la capacidad de almacenamiento es tan limitada, los modelos de mitigación deben ser revisados urgentemente, lo que podría significar la necesidad de una reducción mucho más rápida de las emisiones.
Los riesgos inherentes a la tecnología también son una preocupación central. Un almacenamiento defectuoso podría resultar en la liberación gradual o masiva del CO2 inyectado, anulando los beneficios de la captura e incluso exacerbando los problemas locales de calidad del aire. La posibilidad de fugas a través de fallas geológicas o pozos abandonados plantea un desafío técnico y de regulación que aún no ha sido resuelto completamente.
Este hallazgo no invalida por completo la tecnología de CAC, pero sí la reubica como una solución de nicho. Podría ser útil para descarbonizar industrias específicas y difíciles de electrificar, como la producción de cemento o acero, en lugares donde las condiciones geológicas sean excepcionalmente favorables. Sin embargo, no puede ser vista como una solución universal que nos permita seguir dependiendo de los combustibles fósiles a gran escala.
En resumen, la investigación de Princeton nos llama a un enfoque más pragmático y realista. La expectativa de que la tecnología de CAC podría servir como una “vía de escape” para mantener el status quo que es insostenible. El camino más seguro y efectivo para la descarbonización sigue siendo la reducción proactiva y agresiva de la quema de combustibles fósiles, complementada con la innovación tecnológica en áreas donde sea estrictamente necesaria.