Cuando un país tiembla, la primera pregunta es por el concreto. La medicina pregunta por el cuerpo. El 24 de junio, Venezuela entendió que la salud es la primera víctima invisible del desastre.

La tarde de miércoles 24 de junio de 2026 alteró la fisiología de un país entero. Dos terremotos consecutivos no solo fracturaron estructuras. Fracturaron sistemas de salud, rutinas clínicas, cuerpos vulnerables y redes de cuidado. En minutos, Venezuela pasó de una precariedad crónica a una urgencia aguda. La medicina dejó de ser un servicio programado para convertirse en una respuesta colectiva e inmediata.
El terremoto no solo movió el suelo. Movió la química del miedo. El cortisol se disparó en millones de cuerpos al mismo tiempo. Se activó el sistema nervioso simpático de una población completa: taquicardia, insomnio, hipervigilancia. Eso tiene nombre en salud pública. Se llama trauma colectivo. Y a diferencia de una herida visible, no se vende en farmacia.
El cuerpo fue la primera dimensión afectada. Pacientes crónicos perdieron acceso a diálisis, insulina y quimioterapia porque las rutas colapsaron. Adultos mayores cayeron por pánico y no por el sismo. Niños desarrollaron mutismo y terror nocturno. El cuerpo registra el desastre antes que el expediente clínico. La medicina humanitaria lo sabe. El cuerpo es nuestro anclaje al mundo. Cuando el mundo tiembla, el cuerpo lo dice primero.
Sistema sanitario 24J: de la fragilidad a la respuesta comunitaria
La segunda dimensión fue el sistema sanitario. Hospitales con grietas estructurales tuvieron que decidir entre evacuar o resistir. Según reportes del Observatorio Venezolano de Salud, al menos 14 centros hospitalarios en la zona central presentaron daños estructurales moderados a severos tras el 24J, y seis de ellos suspendieron cirugías y consultas externas por 72 horas. Redes de frío se rompieron. Historias clínicas se perdieron bajo escombros. El personal de salud trabajó sin protocolos para desastres múltiples, con miedo propio y sin relevo. Un sistema ya frágil no se rompe. Se revela. El terremoto no creó la crisis. La expuso. Y obligó a la ética médica a operar sin camas, sin insumos y sin tiempo.
La tercera dimensión fue la comunidad. El cuidado migró de la clínica a la calle. Vecinos montaron puntos de primeros auxilios. Farmacéuticos compartieron antibióticos. Estudiantes de medicina triagearon en plazas. La salud dejó de ser institucional para volverse comunitaria. Ahí apareció lo que Simone Weil llamaba atención. Una forma de cuidado que no espera orden. Se ofrece porque el otro tiembla.
Comprender el 24 de junio desde la salud implica aceptar que un desastre no termina cuando deja de temblar. Termina cuando el cuerpo vuelve a dormir, cuando el sistema vuelve a confiar, cuando la comunidad vuelve a cuidarse sin urgencia. Mientras eso no ocurra, la biología del desastre sigue activa.Venezuela no solo necesita reconstruir edificios. Necesita reparar fisiologías, protocolos y vínculos. Porque la salud, después del terremoto, ya no es solo ausencia de enfermedad. Es presencia de humanidad.