
Señora Editora:
Venezuela vuelve a pronunciar palabras que durante demasiado tiempo parecieron lejanas: transición, elecciones, justicia, institucionalidad, regreso. Son palabras necesarias y cargadas de esperanza. Pero mientras discutimos cómo reconstruir el Estado, quizá deberíamos comenzar a hacernos una pregunta más difícil: ¿cómo se reconstruye un país que durante años aprendió a desconfiar?
Porque Venezuela no está hecha únicamente de instituciones deterioradas, hospitales que necesitan recuperarse, escuelas que esperan volver a funcionar plenamente o una economía que deberá ofrecer oportunidades. Está hecha, ante todo, de personas. Y entre esas personas han quedado heridas que no desaparecerán simplemente porque comience una nueva etapa política.
Durante demasiado tiempo, las diferencias políticas penetraron en las familias, las amistades y los espacios cotidianos. Muchos venezolanos aprendieron a callar, otros a desconfiar y millones tuvieron que construir su vida lejos de la tierra donde imaginaron su futuro. Por ello, hablar de reconstrucción exige mirar también hacia ese territorio invisible que no aparece en los presupuestos nacionales: la confianza entre los ciudadanos.
A quienes vivimos fuera nos acompaña, además, una pregunta difícil de responder: ¿qué significa realmente volver? El regreso no siempre será un billete de avión ni una maleta preparada en dirección a Caracas, Maracaibo, Valencia, Mérida o la Colonia Tovar. Habrá venezolanos que regresen definitivamente y otros que hayan construido raíces en otros países. Pero la diáspora no debería permanecer al margen de la Venezuela que pueda nacer. Sus conocimientos, experiencias, afectos y memoria también forman parte del país.
Reconstruir requerirá igualmente memoria. No podemos confundir reconciliación con olvido. Una sociedad que aspira a recuperar la convivencia necesita escuchar a quienes sufrieron, reconocer responsabilidades y preservar el testimonio de lo ocurrido. Perdonar, cuando sea posible, no debería significar borrar; reconciliar tampoco debería significar renunciar a la justicia. Sin memoria, cualquier futuro corre el riesgo de edificarse sobre un silencio demasiado frágil.
Pero habrá que aprender también algo igualmente difícil: convivir con quien piensa distinto. Una democracia no puede consistir simplemente en sustituir unas voces por otras. Su verdadera prueba llegará cuando podamos discrepar sin transformarnos en enemigos, defender nuestras convicciones sin negar la dignidad del contrario y abandonar esa dolorosa costumbre de dividir el país entre quienes merecen pertenecer y quienes deben ser expulsados simbólicamente de él.
En esa tarea, la cultura, la educación, las universidades, los medios de comunicación y las familias tendrán una responsabilidad inmensa. Las instituciones pueden aprobar leyes; ninguna ley, sin embargo, puede decretar la confianza. Esa se recuperará lentamente, en conversaciones, aulas, comunidades y encuentros entre venezolanos que deberán reconocerse nuevamente como habitantes de una historia común.
Tal vez esa sea una de las tareas más difíciles del futuro. Venezuela necesitará reconstruir su economía, sus instituciones y sus espacios públicos. Tendrá que reencontrarse también con quienes partieron y escuchar a quienes permanecieron. Pero por encima de todo deberá recuperar algo que no puede importarse, comprarse ni imponerse mediante un decreto: la confianza de los venezolanos en Venezuela y de los venezolanos entre sí.
Porque un país no comienza verdaderamente de nuevo cuando cambia el poder. Comienza cuando sus ciudadanos vuelven a mirarse sin miedo, cuando la memoria deja de dividir y comienza a enseñar, y cuando somos capaces de reconocernos otra vez en el otro.
Quizá entonces podamos decir que no solo reconstruimos Venezuela.
También reconstruimos su alma.