
Señor Director:
Varios nos despertamos con las noticias de que el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, tras advertir a Irán que desistiera de su proyecto de desarrollo nuclear y haberle dado un plazo de sesenta días para concretar dicha acción, envió sendos aviones B2 bombarderos para destruir instalaciones estratégicas y de importancia política nuclear.
Por supuesto, ante el hecho, varias voces anuncian la pronta llegada de una tercera guerra mundial y se apresuran a cuestionar las motivaciones del conflicto. Todavía peor, algunos levantan críticas desde posiciones no favorables. Es el caso del presidente de Chile, Gabriel Boric. De todos es conocido las filiaciones ideológicas y estratégicas que la izquierda hispanoamericana tiene con Irán y parece que, tras el ataque, nuestro presidente ya no se arruga al momento de criticar, aunque todavía embadurnando sus palabras en una supuesta preocupación moral.
La verdad sea dicha, Boric no tiene el porte ni político ni moral para emitir juicio. Por un lado, no tiene lo que los romanos conocían como auctoritas: la legitimidad moral de emitir juicios por un reconocido prestigio. Es el peor presidente del país de vuelta a la democracia: las cifras atestiguan que no ha traído más que miseria a su pueblo, aventajando injustamente a sus amigos y familiares, saltándose las reglas constitucionales y tomando decisiones caprichosas. Pero, aún creyendo que tuviese ese porte moral, tampoco tiene poder político. Se sabe que en las reuniones que tenían Roosevelt, Churchill y Stalin, en algún momento se dieron a conocer el parecer del Papa sobre algunas temáticas. Apenas terminada la presentación de los resquemores del Sumo Pontífice, el líder soviético habría esgrimido: Muy bien, ¿y cuántos hombres aportará el Papa? La verdad es que Gabriel no posee los ejércitos para siquiera emitir palabra y su supuesto “poder moral” tampoco es relevante.
En el contexto de ambas guerras, Chile se movió de manera inteligente. Durante la primera, se dedicó a abastecer a quién le quisiera comprar y la crisis económica que empujó a la miseria europea no le pegó tan fuerte. En la segunda, solo se atrevió a declararle la guerra a Japón cuando ya el conflicto estaba zanjado, alinéandose, brillantemente, con el bando ganador.
Lamentablemente, a nuestro presidente le falta lo que Freud llamaría principio de realidad: no tiene poder ni moral ni político para emitir juicio y, desconociendo la historia del país y su posición geopolítica relativa, abre fuegos críticos sin entender lo que ello puede implicar para Chile.
Sin duda alguna, tenemos a un imbécil irresponsable como autoridad máxima: peligroso y desfavorable, por decir lo menos.