
La miniserie “Narcoterroristas”, estrenada esta semana en Instagram, no es solo una producción audiovisual: es una denuncia urgente. En apenas diez microepisodios, se expone lo que muchos venezolanos han vivido en carne propia y lo que el mundo ha preferido ignorar: que el poder en Venezuela no reside en el Palacio de Miraflores, sino en las sombras del narcotráfico, la corrupción y el crimen transnacional. El Cartel de los Soles, lejos de ser una leyenda urbana, se presenta aquí como el verdadero Estado paralelo.
Lo que más impacta no es la crudeza de las imágenes, sino la normalización del horror. ¿Cómo llegamos a aceptar que altos funcionarios del gobierno estén acusados de narcoterrorismo por Estados Unidos y aún así sigan ejerciendo poder sin consecuencias? ¿Cómo se explica que el régimen de Maduro, Cabello y Padrino López haya convertido los recursos del país —minerales, petróleo, incluso personas— en mercancía para sostener su estructura criminal?
La serie acierta al usar el lenguaje visual de las redes sociales. No hay tiempo para largas explicaciones: cada minuto cuenta. Y en cada minuto, se revela una verdad incómoda. El formato breve no le resta profundidad, sino que la concentra. Es una bofetada directa a la indiferencia internacional, a los organismos que han preferido el silencio diplomático antes que la acción contundente.
Pero más allá del impacto mediático, “Narcoterroristas” plantea una pregunta esencial: ¿qué hacemos con esta información? Porque si el crimen organizado está en el corazón del poder político, entonces la lucha por la democracia no puede limitarse a elecciones ni diálogos. Requiere una estrategia global, una coordinación internacional que entienda que Venezuela no es solo una crisis humanitaria, sino un epicentro de redes criminales que afectan a toda la región.
Como periodista y como madre, me duele ver cómo esta realidad ha desplazado a millones, ha fracturado familias, ha silenciado voces. Pero también me impulsa a seguir escribiendo, denunciando, organizando evidencias, porque la verdad necesita ser contada con rigor, con valentía y con fe. Esta serie es un paso, pero no puede ser el último.
La Navidad anticipada que promueve el régimen no es símbolo de paz, sino de manipulación. Mientras se decoran calles, se ocultan cadáveres. Mientras se cantan villancicos, se trafican vidas. Y mientras se habla de soberanía, se entregan territorios a mafias armadas. No hay celebración posible en medio de la impunidad.
“Narcoterroristas” nos recuerda que la ficción no alcanza para describir la tragedia venezolana. Pero también nos recuerda que el arte puede ser resistencia, que la imagen puede ser denuncia, y que la verdad, por más censurada que esté, siempre encuentra una forma de salir a la luz.